Escúchame, escucha mi silencio.  

Lo que digo nunca es lo que digo sino otra cosa.  

Clarice Lispector  

Tomamos un bocado. El sabor se impregna en nuestra lengua, inunda nuestra  boca. La sal sala, no la vemos, pero sala. Sala nuestra lengua, sala nuestra boca.  Se humedecen los granos de sal y se disuelven en la saliva salada. Inhalamos y  exhalamos aire salado. Lloramos lágrimas saladas. Nuestro mundo se vuelve  sal por un momento. Deglutimos.  

Persiguiendo lo que no se puede ver pero que se percibe y nos inunda, Ana  Sofia Esteva hace un sinfín de preguntas con su obra: ¿A qué suena el silencio?  ¿Qué forma tiene el aliento? ¿Cuánto espacio se necesita para encerrar aquello  que se ha dicho susurrando? ¿Cómo se retrata un instante roto? ¿Cuánto pesa  el vacío?  

 

Pero sobre todo: ¿cómo sabemos que está ahí aquello que no tiene forma? Lo  sabemos con la lengua aunque los ojos no lo ven. Lo escuchamos con los  dientes que lo muelen y disuelven. Lo olemos apenas. Lo distinguimos entre la  luz porque es aquello que proyecta una leve sombra.  

 

Esta exposición es un archivo de especulaciones y exploraciones formales  sobre lo casi nada; aquello que tiene el grosor de una hoja de papel, el peso de  un grano de sal, la densidad de un respiro, la extensión de un instante y la  contundencia de un latido. Para explorarlo resulta necesario afilar no sólo la  mirada sino también la escucha, el gusto y el tacto para percibir lo invisible.  

 

Como Clarice Lispector, que por destino va a buscar y por destino regresa con  las manos vacías, pero regresa con lo indecible, Ana Sofia también nos obliga  a asomarnos al silencio para poder encontrar ahí el murmullo de lo que no se  ha dicho jamás pero que siempre hemos escuchado.  

 

Carolina Magis Weinberg