Esta exposición presenta tres formas de habitar al arte, cada una detonada por una búsqueda distinta que se transforma según la lógica, el lenguaje y el medio de cada propuesta. Participan tres artistas: Patricia Fuentes, Mont Castmar y Mariana Contreras Castelán. En cada artista, junto con su exploración, asoma también una pequeña incomodidad del mundo1. Este proyecto ensaya una curaduría generacional, rastreando una pregunta compartida que no solo habita en las obras, sino también en la necesidad de pensar y crear desde nuestro propio tiempo.
Patricia Fuentes transita la reflexión del camino, el transporte y el acto de aferrarse. A partir de la sensación de caminar chueco, busca entender de manera diferente su forma de moverse: ya no con los pies sino con las manos. Se sostiene distinto del suelo. Investiga el espacio del microbús que va y viene de Ecatepec como lugar sensible, poético, lúdico y, por supuesto, político.
Mont Castmar forja elementos que quedan fuera del habla para volver palpable lo indescifrable. Siempre ha tenido dificultad para conversar, por eso su material es lo que queda sin decir, lo que queda suspendido en el aire. Busca en el metal un lugar para el lenguaje con tartamudeos, trabas y pausas.
Mariana Contreras Castelán atisba la investigación de un complejo archivo, entreviendo un mundo-paisaje del bosque oculto tras la niebla. Ver es cansado, sobre todo cuando lo que está enfrente lastima, por eso en su obra busca imágenes que interrumpan la mirada y habiten al borde de lo real, velando aquello que está en la superficie.
Desde diferentes orillas del mundo, cada artista encuentra un modo de estar con la claridad de que ahí hay que permanecer. Entienden y sostienen que desde el arte se puede llegar a preguntas, investigaciones y remedios. Con incomodidad en los pies, dificultad al hablar y cansancio en la mirada, siempre buscando darle sentido a algo. Algo que puede estar en movimiento, no se dice y no siempre se alcanza a ver. Algo que transita, muchas veces queda mudo y confunde a la mirada. Algo pasajero, un poco oclusivo y casi siempre difuso.Algo que mantiene la búsqueda.
Ana Sofia Esteva
(FOTO DE CÓMO ESTABAN LOS TEXTOS)
Patricia Fuentes recorre una investigación íntima y social en
torno al transporte en microbús, la vida en la periferia, desde
Ecatepec, y el acto de aferrarse. Sus piezas se construyen en el
cruce entre lo cotidiano y lo simbólico: en ellas, el microbús no
es únicamente un vehículo, sino un espacio de tránsito cargado
de afectos, memorias y ausencias.
“Siempre he sentido que camino chueco, por eso me gustan
tanto mis manos.” A partir de esta aseveración Fuentes plantea
que el microbús es un transporte donde todo depende de las
manos, sea que lo manejas o que te sostienes. Surge entonces
un modo de aferrarse al mundo: los tubos de metal que
sostienen al pasajero, las palancas que determinan la dirección,
las superficies gastadas que se vuelven memoria material. Las
manos se aferran no solo para resistir el vaivén del trayecto, sino
también para explorar el límite entre el equilibrio y la caída. Cada
elemento del microbús se convierte en signo, en recordatorio de
que en el movimiento constante el cuerpo siempre busca algo de
qué sostenerse.
Trasladarse a Ecatepec visibiliza que la periferia no es solo un
lugar geográfico, es también un tiempo extendido: un desgaste
físico y emocional que marca los cuerpos con cansancio. El
cuerpo aprende a vivir en ese intervalo, a dormir en movimiento,
a soportar la espera, a resistir la distancia. Ese cansancio se
hereda como una memoria colectiva. El microbús, en este
sentido, se erige como lugar, como refugio momentáneo, pero
también como territorio de vulnerabilidad: un espacio que
transporta cuerpos, pláticas, momentos y fatigas.
El destino, en la obra de Fuentes, no es llegar, sino permanecer
en ruta: un estado de movimiento perpetuo, una insistencia en
seguir andando pese a la lejanía y el cansancio. Permanecer en
ruta se convierte en resistencia, en la capacidad de levantarse
cada día para recorrer el mismo camino, para habitar un tránsito
que nunca deja de recordarnos que estar en la periferia significa
vivir en movimiento. Así, la artista nos invita a pensar la periferia
no como un borde estático, sino como un territorio vivo que se
transforma con cada viaje, con cada memoria, con cada gesto de
aferrarse al mundo.
Primero son las comas, pequeñas pausas que nos permiten
respirar dentro del torrente de un texto. Después los guiones,
que interrumpen y desvían, que abren espacios laterales como
ventanas hacia otro sentido. Luego los paréntesis, ese gesto
de apartar las palabras para que digan algo al margen, como si
fueran voces que acompañan en secreto a la voz principal. Y al
final, los corchetes. Los corchetes son el signo de puntuación
que más aísla, que más distancia establece. En ellos se encierra
lo residual, lo que parece accesorio, lo que se agrega como un
doble margen. Son la aclaración de la aclaración, lo dicho de lo
dicho de aquello que alguna vez se quiso nombrar.
En este punto, Mont Castmar trabaja: en ese umbral entre lo que
se puede decir y lo que queda atrapado dentro de los corchetes.
Sus esculturas nacen de esa búsqueda, de esa imposibilidad
del lenguaje para contener lo que excede su propio sistema.
Allí donde el lenguaje falla, hace glitch, donde la puntuación
se convierte en una jaula, aparece la escultura como un nuevo
signo: un par de corchetes abiertos en el vacío.
Mont Castmar propone que el arte puede operar como un
corchete: contener lo imposible de decir, aislarlo del ruido,
preservarlo en un espacio aparte. Así, cada escultura funciona
como un signo que no traduce, sino que suspende; no explica,
sino que guarda. Son objetos que nos obligan a habitar la
incertidumbre, a reconocer que hay cosas que se piensan y se
sienten más allá del lenguaje.
La serie de esculturas se convierte entonces en un ensayo
material sobre la puntuación, sobre los modos en que escribimos
y pensamos. Si las comas y los guiones abren caminos, y los
paréntesis permiten apartar un sentido, los corchetes —como
las obras de Castmar— nos recuerdan que siempre hay algo que
queda afuera, algo que se resguarda en un margen profundo. El
vacío que contienen no es ausencia, sino potencia: un espacio en
espera de lo innombrable.
Al borde de lo real, trabajo fotográfico de Mariana Contreras
Castelán no se limita a mostrar, sino que interpela. Nos recuerda
que mirar puede ser un acto de curiosidad y no de costumbre,
un gesto de reverencia hacia lo que el ojo no siempre alcanza a
descifrar y desea conocer.
Este proyecto, resultado de una larga investigación visual y
sensible, se centra en el bosque de niebla: un ecosistema tan
frágil como poderoso, un territorio donde la humedad, la bruma
y la vida se entrelazan en un equilibrio precario. Las imágenes
presentadas en esta instalación son fragmentos de un archivo
mayor, huellas de una búsqueda constante por entender cómo
va desapareciendo el mundo en la niebla y, a su vez, cómo la
niebla tristemente va desapareciendo del mundo. La situación es
tan grave que sólo puede resolverse desde la ficción1
.
Contretras Castelán se adentra en los alrededores de las presas
de Necaxa, Tenango y Nexapa, y ahí descubre un misterio
persistente: la niebla se dispersa cada vez que vuelve al bosque.
Su investigación enfrenta el olvido, desprecio e indiferencia
de las instituciones que deberían protegerlo. Es un proceso de
violencia lenta. Sólo queda imaginar la capacidad del bosque
de transformarse, volverse extraño y adaptarse a la realidad
con sucesos extraordinarios. A través de su lente, las raíces se
convierten en rarezas, la niebla en un lago y los ciclos naturales
en narrativas de silencios vivos.
“Me cansa mucho ver. Por eso en mi foto nunca permito ver
las cosas con claridad.” La claridad en una imagen también se
difumina desde su narrativa. Contreras Castelán explicó que la
ficción siempre subyace en la realidad; nunca toca la superficie.
La ficción queda debajo de lo real y sobre ella se construye al
mundo. Sus imágenes nos hacen dejar de ver las cosas, pero
también nos obligan a mirar la niebla.
En la admiración por lo extraordinario se vislumbra un silencio
que resiste, una sensación de que algo grave está pasando.
En la mirada se genera una cercanía, un reconocimiento, una
sensación cálida de un lugar lejano. Este proyecto permite un
modo de cuidado y de resistencia para el bosque de niebla.