Implicada en nuestra mitología contemporánea, la fiesta mundialista solo puede compararse con las fiestas patrióticas realizadas en vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando la guerra pasó de ser del deleite de los dioses, al deleite humano por su propia extinción. No por nada el fútbol, como otros tantos deportes, comparten una estructura bélica. Ganar es conquistar un terreno ajeno. Y en el mismo estadio se reproduce la estructura social: una porra precarizada que «pone el ambiente» pero que es la primera en ser culpada cuando algo sale mal, un acceso general de clases medias que fungen como consumidores pasivos, y unas clases altas en los lujosos palcos. En el fútbol podemos ver que hay gente más densa que otra. El futbolista abarca toda la cancha, el aficionado apenas una butaca. Pero afuera del estadio, el fútbol le pertenece a la población. Como dijo Néstor Quiñones en una junta: «¡Al balón le vale madres!». El fútbol es más que sólo pan y circo; y difiere de ser la misma emoción que el arte despolitizado.
Las ligas de fútbol iniciaron siendo torneos elitistas organizados por universidades inglesas, pero fue apropiado por los obreros de manera acelerada, especialmente mineros. Por eso el primer club de fútbol oficial mexicano se creó en una ciudad minera. Los mineros ingleses que, en su condición de obreros, congeniaron con los mexicanos en el lugar común (topos koinós) del campo de fútbol. Así nació el club de fútbol del Pachuca: gracias a ese lugar (o mejor dicho «Topos») y gracias unos topos (o mejor dicho «tuzos»).
También aparece el fútbol en un terreno no-común, o mejor dicho, en la «tierra de nadie» entre las trincheras de la Primera Guerra Mundial, que durante la tregua de navidad de 1914, hizo de campo de fútbol. En el no-lugar del espacio público, las protestas en Argentina en el 2001 tuvieron el impacto catártico colectivo que tuvieron gracias a los cantos y formas de organización de la cultura del «aguante», que mediante el ritmo de las porras echaron al gobierno de de la Rúa al grito de: «¡Oooh… que se vayan todos… que no quede… uno sooooloooo!».
Con el fútbol podemos sacar –parafraseando a Bolaños– a «ese machito revolucionario que todos los rojos llevamos dentro». Pero, desde entonces, las ligas de fútbol han sido expropiadas –con el mecanismo señalado por Marx en su capítulo titulado «La acumulación originaria del capital»– por las corporaciones, y especialmente por un monopolio muy Caliente. Auque la Fifa sea una asociación sin fines de lucro, ello no excluye que sea un nodo de intereses comunes. Cuando en el 2010 se anunció que el mundial de fútbol del 2022 se desarrollaría en el minúsculo estado qatarí y no en los Estados Unidos, ello bastó para enfurecer tanto a los gringos que movilizaron a sus departamentos de inteligencia para destapar una gigante red de corrupción en la Fifa que se conocería como «Fifa Gate».
Regresando a México, no es casualidad que una casa de apuestas y un banco sean dueños de la liga mexicana. Ambos son lo mismo. Los derivados financieros capitalizan factores no capitalizables (como el clima del que dependen las cosechas). Mientras que la mejor predicción de un partido de fútbol la dan las casas de apuestas, que cosifican factores no cuantificables mediante la estadística. Así, saben con certeza aproximada quién ganará, quién meterá gol, cuántos tiros de esquina habrá, etc. La especulación financiera ha transformado al mundo en un mapa de porcentajes, y el fútbol es un territorio de dicho mapa. Los mismos instrumentos financieros altamente sofisticados que aplican los bancos pueden usarse para predecir los resultados.
Quiérase o no, el fútbol está con nosotros, es parte de ese curioso adjetivo que se le pone al arte: contemporáneo. El fútbol también está en o con el tiempo. Él no está en un lugar, pues al existir en el tiempo, está en todas partes. Forma parte de ese complejo entramado de sentidos y significados sobre los que se apoyan nuestros imaginarios. El fútbol es nuestro mito, por eso, los arqueólogos del futuro dirán: «En la antigua civilización capitalista habían personas cuyas hazañas eran comparables a las de Heracles o Napoleón. Ellos los llamaban “futbolistas”».
Mario Stoylov